lunes, 23 de mayo de 2011

Erosionando el Pirineo o la búsqueda del Santo Grial.


Una vez leí que las montañas crecen y menguan, en clara similitud al ciclo vital de cualquier ser humano, incluso de cualquier bicicletero. Se trataba de un delicioso librito de Alberto Serrano sobre el Pirineo Aragonés en el que advertía que la etapa existencial de dicha cordillera equivaldría a la de una persona de mediana edad y que, sin embargo, todavía estaba en “época de crecimiento”, a razón de un milímetro cada no se cuántos años. Claro que la edición del libro databa de 1994, o sea, hace casi veinte años. En estas dos décadas, la fiebre por el ciclismo, denominémoslo, “popular” ha ido creciendo hacia límites anteriormente insospechados. Un tipo de ciclismo que constituye la savia de la que se nutren múltiples negocios montados a su alrededor, no sólo el de las tiendas de material. Por lo que respecta a nuestro entorno más cercano, de un tiempo para esta parte, cada vez está más extendida la costumbre de aprovechar cualquier momento de asueto en el que el clima acompañe, aunque no necesariamente en el caso de los más acérrimos, para desplazarse al Pirineo a ultimar la preparación de la mal llamada “cicloturista” de turno o, simplemente, a pedalear en un paraje excepcional gratis o pagando. Decía que la naturaleza es sabia y tiende a defenderse, en la medida de lo posible, de la agresión humana y, quizá por ello, gracias a la acción de eficientes placas tectónicas, logra contrarrestar la incesante e inmisericorde agresión erosiva de nuestras carísimas cubiertas o tubulares con ese incremento, apenas perceptible, de su altura al que me refería en las primeras líneas. Sin duda, las innumerables ascensiones de toda suerte que jalonan el Pirineo, tanto en su vertiente aragonesa como en la gala, constituyen un irresistible reclamo a la hora de buscar ese “algo” que convierte en especial una simple salida en bicicleta. Quizá, para muchos, ese “algo” sea el “Santo Grial” del ciclismo.


Atendiendo a esta panorámica trasera o de traseros, podemos deducir que ese día no quedaba ningún ciclista por San Mateo, Zuera y redolada.


Comenzando el Alto de Navasa, dejamos atrás la localidad de Arto.



Una vez coronado el Alto de Navasa, cada uno se dedica a sus menesteres. Suerte que por aquí no pasan muchos coches...


Imagen habitual cuando se tiene el "placer" de entrenar con Gerardo. Normalmente, esto es lo que se ve: "Selle Italia SLR Team Edition".



Monasterio Nuevo de San Juan de la Peña (s. XVII).


Javier y Rubén en la pradera de San Indalecio.


Rubén y Gerardo ruedan bajo el claustro del Real Monasterio de San Juan de la Peña (s. X) considerado por la tradición como la cuna del Reino de Aragón.


Enclave legendario donde se custodió hasta 1399 el Santo Grial. ¿Acaso eso andaban buscando estos dos bicicleteros?.