miércoles, 9 de febrero de 2011

The walking dead



Deambulan torpemente alrededor nuestro, nos huelen e incluso nos atacan. Espeluznantes demarrajes, ávidos por despedazar a sus rivales, sacian su voraz apetito con la imagen de sus enemigos ciclistas inertes, derrotados, apeados exhaustos a lo largo de las cunetas. Saborean su festín desde lo alto de los podios, oteando las coronillas de los que tienen vedado el acceso a los mismos. Ricardo ha sucumbido de nuevo al seductor reclamo de la sangre. Su propia sangre. Esta vez, un letal sorbo al elixir de la eterna victoria ha estado a punto de ser fatal. Es muy difícil matar a un zombi, siempre prestos a asestar un infecto bocado. No conciben el ciclismo de otra manera.



“Los otros” no han purgado sus penas en la antesala del infierno. Quizá por ello no son conscientes de que han muerto. Nos ven e incluso se cosen un dorsal en la zona lumbar de sus maillots. En ocasiones, haciendo gala de unas cualidades que nadie pone en tela de juicio, consiguen llegar antes que nadie a la línea de meta o auparse a una localización de prestigio en la clasificación de alguna que otra carrera. Pero no sirve de nada, nadie les ve. Ellos conviven con el resto de la civilización ciclista, pero sólo son visibles a los ojos de los más allegados, de aquellos que creen en ellos por devoción o por obligación merced a un “sexto sentido”. Da igual lo que hagan y donde lo hagan, no sirve de nada. Se resisten a la evidencia del olvido al que fueron condenados algunos de sus compañeros que se sumieron en la más oscura de las tinieblas y nunca más se supo de ellos.




Los hay que regresaron del purgatorio con el alma inmaculada tras una penitencia acordada y con el morral de las intenciones lleno de buenos propósitos. Con el ánimo y la fe de quien esta convencido de que se puede ganar sin pecar. Esta vez, sí. Gozan del favor del público, si bien, sus congéneres les miran de soslayo, no sin cierta desconfianza. Y ese mismo público, henchido de buena fe, se pregunta todavía porqué fue necesario caer en la tentación, cuando, después, se logran los mismos o mejores resultados sin mácula alguna. Cuestión de fe.